Ara Malikian en Granada Experience. Palacio de Congresos de Granada. Sábado 25 de marzo

Hace años, un chico libanés recibió el mejor regalo que se pudo imaginar. Su abuelo, de procedencia armenia, le regaló un violín. Esa noche, ese violín juntó en una misma melodía a Jimmy Hendrix, Mozart y nuestro protagonista, Ara Malikian.

Malikian se acordaba a menudo de su abuelo y no olvidaba su origen, por eso revivía a su peculiar manera y con la ayuda de sus compañeros una danza armenia, Kachn Nazar.

Cuando era un niño, le daba vergüenza compartir el origen de su violín con sus compañeros de clase, que siempre andaban presumiendo de los mejores luthiers italianos, hasta el día en el que no tuvo escapatoria y lo tuvo que inventar. El grandioso luthier de su violín no era otro que Ravioli, al que le dedicó un tema, Con mucha nata.

Conforme fue creciendo, allá por los años 80, Ara compartía su tiempo entre los estudios y el trabajo. El trabajo, en un cabaret en el que no se apreciaba mucho su música favorita, por lo que tuvo que transformarla hasta crear Broken Eggs.

Partiendo de un preludio de Chopin el joven Ara sacó fuerzas para sobrevivir a esa época tan mala en la que su violín enfermó y sonaba como una pequeña campanilla. Pero a él no le paraba nada por aquél entonces y decidió adaptarse a la gran obra del maestro Niccolò Paganini recreando La campanella gracias a la “gran ayuda” de su percusionista Héctor.

Los años 90 le llevaron hasta un barrio irlandés de la capital londinense, donde convivió con una banda celta, en la que acabó tocando. El destino y la gira de la banda le llevaron hasta Galicia, donde quedó impresionado por algo tan común por esas tierras: los percebes. Durante días bajaba a la costa para estudiarlos, aprendió todo de ellos y les dedicó una de sus obras con sabor gallego, Seespocken Tanz o La danza del percebe. “Todos somos percebes”.

Life on mars de David Bowie o Kashmir de Led Zeppelin eran solo un par de ejemplos de la influencia que le dejó su hermana rockera, al contrario que su padre más clásico. Ellos le recordaban a su barrio, Bourj Hammoud, al que también le dedicó una pieza. Él, sin embargo, cuando era pequeño simplemente aspiraba a ser John Travolta y andaba como él en la película Pulp Fiction, de donde sacó su propia versión de esa canción tradicional griega, Misirlou.

Volviendo al pasado más cercano, nuestra joven estrella fue padre hace dos años y medio y, como tal, se preocupaba por cada movimiento que el bebé hacía en el vientre de su madre. Así, en un sube y baja constante, surgió El vals de Kairo, el vals de su hijo.

Pero no todo fueron momentos de alegría, hubo un tiempo en el que el violín, según afirmaba Ara, intentó suicidarse. Él, como buen guardián de su instrumento, lo llevó a un luthier y, mientras se llevaban a cabo las maniobras de resurrección, se preparaba para despedirse de él con Réquiem para un loco (Réquiem pour un fou). Pero su violín, que aún no había terminado de experimentar con él, sobrevivió.

Y es que, en verdad, la historia quizás debería centrarse en el violín, que fue el que salvó a su abuelo, que ni siquiera lo tocaba, del genocidio armenio. Con esto, y como homenaje a todas las víctimas de la guerra, tristemente la historia se trasladaba de 1915 a la cruda realidad, deseando el artista que todos los refugiados tuvieran un violín que les salvase, algo que les ayudara a escapar de esa pesadilla en la que viven.

En el día de hoy, el músico no puede olvidarse tampoco de los grandes clásicos y por eso revive piezas como el Aria de Bach, llevándola entre las cientos y cientos de personas que se sentaron en las dos sesiones, entusiasmadas, a escuchar la historia de este músico y de su violín.

Galería fotográfica aquí.

 

Por Ana López

Fotos de Antonio J. Villalba

 

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