Domingo 30 de abril. Lemon Rock Hostel.

El pasado domingo un salón reservado del hostal Lemon Rock fue el lugar perfecto para un concierto muy especial, y es que no todos los días se tiene a Rafael Berrio en casa. Y es que así sucedió, porque la actuación se desarrolló como si nos encontráramos en el salón de nuestro hogar.

Berrio es un artista minoritario y se siente a gusto con esa etiqueta, siempre alejado de ese mainstream del que dice darle grima. Y así fue el público asistente: una minoría mayoritaria de músicos respetados, críticos musicales y otras profesiones ligadas al arte de hacer canciones. El concierto osciló entre un ritmo marcadamente improvisado y frecuentes pausas para afinar la guitarra debido alto porcentaje de profesionales reunidos en la sala. Niente mi piace fue la primera canción de un concierto intenso, tanto en la ejecución como en lo sentimental. Con una pequeña guitarra le sobra y le basta al donostiarra para sacar las emociones a relucir.

Ya en la segunda canción hizo un regalo a los asistentes e interpretó Abolir el alma y Ese maldito yo, dos canciones con textos basados en la obra del escritor Emil Cioran pertenecientes a su espectáculo también llamado Abolir el alma. De Rafael Berrio poco hay que decir: sus letras hablan por él. Nos avisó de que El mundo pende de un hilo, adoramos a Las mujeres de este mundo, recordamos a nuestros amigos los Santos Martires Yonkis y nos dimos cuenta de que la vida sucede a medida que sucede con Simulacro. Textos en los que se entrevén las miserias de lo humano, la sencillez y la complejidad de lo cotidiano, la falta de aliento y el desorden del día a día.

Llegados a este punto, en el que Berrio se encontraba totalmente animado e incluso dicharachero por momentos, nos proporcionó un retuerzo más con la sutil ironía de La alegría de vivir, la aceptación del momento con Cómo iba yo a saber o la resignación que provoca el que tal vez sea su mayor éxito, Mis ayeres muertos. Fingir un bis en un lugar sin escenario ni camerinos es algo totalmente innecesario, por lo que no se hizo de rogar para volver a la carga. Tiempo hubo para recordar a Mis amigos justo antes de venerar al vino con Saturno (botella en mano). Después de tanto existencialismo y pesimismo gris, siempre sale el sol. Al menos, los minutos que duró No solo de amor, rescatada de su anterior proyecto Deriva.

Es un placer ver a uno de los mejores letristas del país en un ambiente tan íntimo, solo con una guitarra ante el público, ideal para deleitarse con sus preciosos textos con un formato que le permite dar saltos entre concierto de rock y recital de poesía.

Minutos antes nos deleitábamos con las composiciones de Lôbison. El artista sevillano, que sigue presentando su último trabajo, Solo, sorprendió a todos con una propuesta que rezuma intensidad y dolor a partes iguales. Los graves de su voz se combinaron con guitarras afiladas en temas como La geometría del amor, Bala hedonista y en especial Lápices de colores. Composiciones oscuras con letras tal vez dolorosas hasta cierto punto, pero siempre certeras. Sin duda, un gran descubrimiento.

Por Juan C. Salar

Fotos por Mar B. Zapata

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